Si  hoy preguntásemos  a la gente si preferiría usar productos ecológicos, seguramente la inmensa mayoría  diría que sí, pero también diría que son muy caros.

Si  le preguntamos a los que ya tienen unos años si en sus tiempos se vendían productos ecológicos, seguramente dirían que no.

Analicemos  estas respuestas:

En primer lugar, efectivamente los productos ecológicos cuestan más, pero no son más caros y no lo son porque su valor es muy superior al resto.

¿A qué se debe esto?

Las respuestas a esta pregunta  son muy simples, su producción y fabricación es como hace 50 años, por eso en aquellos tiempos no se vendían productos ecológicos, ¡todos eran ecológicos! Los cultivos venían marcados por las estaciones,  y la capacidad de producción de la tierra era la que era, los abonos eran naturales y el suelo debía descansar entre cosecha y cosecha. A los alimentos no se le añadían productos para que durasen meses y meses, ni se les metía en cámaras frigoríficas que frenan su maduración hasta el momento de su venta,  y que de paso reducen sus propiedades nutritivas.

Al ir aumentando el número de consumidores y al haber la posibilidad de vender los productos en todo el mundo, fuimos recurriendo a todos estos adelantos que nos ha ido ofreciendo la ciencia hasta llegar a nuestros días.

En la actualidad y desde hace unos años, empezamos a tener la impresión de que no lo estábamos haciendo del todo bien y surge lo que podríamos llamar “conciencia ecológica” . Queremos comer más sano e intentamos conservar el planeta tal y como nos lo entregaron (ya va a ser difícil). La calidad de las aguas y del aire, todo lo que nos rodea, se ha ido degradando de un modo casi insostenible e intentamos buscar una solución, y esa solución pasa por ser ecológicos, y por lo tanto conscientes de que va a haber una menor producción,  de que debemos consumir productos de temporada, comprarlos a granel y no envasados desde hace ni se sabe cuánto tiempo, adquirirlos en un lugar  próximo a su producción y a nuestro domicilio para ahorrar transportes, plásticos, CO2, etc, y no dar por sentado que el aspecto de productos como frutas y verduras va a ser perfecto e idéntico. No todas tendrán el mismo color y tamaño, serán como las personas, unos más guapos, otros más altos, rubios, morenos. ¿De verdad querríamos ser todos idénticos? Pues las frutas y las verduras tampoco tienen que serlo.

Aún así y a pesar de todo, debemos reconocer que no todo el mundo va a poder consumir estos productos. Los pollos de granja dieron y dan de comer a mucha gente, el pescado de piscifactoría será en nada el único que nos quede, y por supuesto siempre será mejor que no comer. Lo que tenemos que pensar ahora es que aquellos que puedan permitírselo, ¿en qué quieren gastar su dinero? En alimentarse mejor y que su salud, el planeta y los que vengan detrás se lo agradezcan, o en más ocio, más ropa, un coche mejor, el último modelo móvil… Ahí queda la pregunta, la respuesta es vuestra.

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